¡Ya vuelvo a comer jamón!

Bueno, ya veis que he estado bastante tiempo sin escribir… El motivo, como podéis suponer, es que ya ha venido nuestro bebé al mundo, de ahí el título de mi entrada. En concreto nació el 7 de noviembre, es decir, ya tiene más de 3 semanas, y debo decir que es muuuuucho más complicado sacar tiempo para escribir cuando tienes un bebé recién nacido que cuando estás embarazada. Si aún estáis embarazadas esperando dar a luz, es posible que penséis que tenéis poco tiempo para vuestras tareas habituales por estar más cansadas de lo normal, porque os encontráis pesadas, por los distintos síntomas… Pero nada absorbe tanto como un bebé. A mí me lo habían advertido, claro, en forma de negro augurio: “No volverás a dormir nunca” y cosas así, pero tengo que decir que es cierto, que si no he escrito hasta ahora es porque no he podido hacerlo, literalmente. No seré yo la que se dedique a repetir esos negros presagios y a ser el muermo que os insiste en que la vida os ha cambiado para siempre, porque yo estoy sumamente feliz con mi cambio de vida; pero lo hay, ¡vaya si lo hay! ¡Y qué cambio tan repentino! Pero eso formará parte del día a día de mi maternidad primeriza y lo iré reflexionando en posteriores entradas. Ahora, me gustaría contaros cómo fue mi proceso de parto para quitarle un poco de hierro al asunto.

¿Cómo empezó para mí el parto?

Creo que la palabra que mejor define los últimos días de espera para una primeriza es incertidumbre. Habrá quien diga miedo, o temor, pero al menos en mi caso y en el de muchas otras primerizas con las que he hablado en las clases preparto, el sentimiento principal es la duda, el no saber qué podemos esperar de ese momento tan importante en nuestras vidas. A mí particularmente me obsesionaba cómo me daría cuenta de que había llegado el momento de ir para el hospital; en las clases de educación maternal te dicen que si tienes contracciones regulares cada 5 minutos, es ya el momento de partir hacia la clínica. Pero cuando no sabes cómo es una contracción, es inevitable preguntarte si sabrás identificar ese patrón regular repetido. ¿Sabré cuándo una contracción es realmente de parto? ¿Podré contar el tiempo para asegurarme de que se repiten en el mismo intervalo de tiempo? Estas dudas me corroían y, sin embargo, nunca podré saber si me hubiese dado cuenta correctamente o habría sido de las primerizas que acuden al hospital y las mandan a casa porque aún no están de parto (sospecho que a mí me habría ocurrido esto porque soy un tanto hipocondríaca). Y digo que nunca podré saber si lo hubiera identificado, porque rompí aguas.

¿Y te das cuenta de que has roto aguas?

En mi caso sí, rotundamente sí. Ya nos decían las matronas que si rompes la bolsa te das cuenta y yo, como con lo de las contracciones, no las tenía todas conmigo. A las 00:40 de la noche me desperté para ir al baño, y me di cuenta de que mi ropa interior estaba extrañamente empapada. Pensé que quizá podía ser orina (aunque en ese caso era muy grande, no era un pequeño escape) pero no fue difícil comprobar que, al hacer fuerza levemente, el líquido seguía fluyendo y que, además, emanaba de la vagina.  El líquido era totalmente transparente e inodoro. Desde luego, aunque no fue como en las películas (que la rompen de repente y ya hay un charco a los pies de la parturienta), mi rotura de bolsa fue bastante grande porque cuando llegamos a la clínica, 1 hora después, el líquido me empapaba por completo los pantalones hasta los tobillos, parecía que me habían estado dando con una manguera y dejé el asiento del coche también totalmente empapado, incluso con un charco (no, no se nos ocurrió coger toallas, nunca sabes cómo vas a reaccionar con los nervios del momento). Sentí bastante vergüenza pero claro, no podía evitarlo… Al llegar le dije a la matrona de guardia: “He venido porque he roto aguas” y ella me miró de la cabeza a los pies y me dijo: “No, si ya lo veo”.

¿Qué pasa cuando llegas a la clínica?

Lo primero que hicieron fue pasarme a una sala junto a mi pareja y allí me pusieron las correas, para asegurarse de que el bebé estaba bien. Después de un rato de medición, una media hora, la matrona comprobó que no estaba dilatada más que de 1 centímetro. Eran aproximadamente las 2 de la madrugada y me dijeron que, si no me ponía de parto por mí misma, me lo provocarían a las 8 de la mañana. El protocolo de la clínica indica 12 horas desde la rotura de la bolsa hasta que te ponen la oxitocina; sin embargo, como yo di positivo en estreptococo creo que reducen ese tiempo porque con la bolsa rota aumenta la posibilidad de infecciones en el bebé. De hecho, precisamente por el positivo en estreptococo, enseguida me dieron habitación y me pusieron suero y la primera dosis de antibiótico. Me alegró que me lo pusieran rápidamente, porque la siguiente dosis, que asegura la protección, es a las 4 horas, y dio tiempo de que también me la pusieran y que me hiciera efecto.

Nos dieron habitación a eso de las 2:30 y nos dijeron que seguramente no me pondría de parto por mí misma y que la cosa iría lenta (por aquello de que solo estaba de 1 centímetro y que era primerirza) y que lo mejor es que intentáramos dormir y descansar lo máximo posible. Pero no pudo ser, mi cuerpo no quiso que descansara.

Sala de partos naturales

Sala de partos naturales de un hospital. Fuente: Flickr, Hospital la Milagrosa

El proceso de dilatación

“Si tienes contracciones regulares cada cinco minutos durante una hora, entonces me llamas”, me dijo la matrona antes de irse. Yo creo que no habría salido ella por la puerta cuando sentí la primera contracción fuerte. Hasta entonces había tenido ligeros dolores como de regla, no muy intensos. Empecé a medir los intervalos de las contracciones con una aplicación del móvil (¡va genial, en serio!) y así fue como me di cuenta de que no tenía contracciones cada 5 minutos, sino cada 3. No tengo ni idea de si pasé directamente a ese intervalo o que las contracciones anteriores me habían pasado desapercibidas porque tuve la suerte de que no fueran muy fuertes… Cuando llevaba de esta guisa una hora, a eso de las 4 de la madrugada, llamamos a la matrona y me dijo que estaba dilatada casi de 3 centímetros. “No vas muy rápido pero vas muy bien, parece que vas a ponerte de parto por ti misma”. Y volvió a marcharse, diciendo que volvería dentro de una horita más o menos para ver cómo iba la cosa.

Monitorización durante el trabajo de parto

Monitorización del estado del bebé y de las contracciones durante el trabajo de parto. Fuente: Flickr, Ludo Rouchy

Cómo soporté mejor las contracciones

Cada maestrillo tiene su librillo, dicen. Y esto es muy aplicable al tema de las contracciones, porque lo que a mí me fue fenomenal para soportar el dolor tengo otras amigas a las que no les fue nada bien. En mi caso, mi mayor aliado fue la pelota de pilates. Cuando venía una contracción respiraba profundamente, con tranquilidad, y rebotaba sentada sobre la pelota al ritmo de la contracción, que me venía desde los riñones y no desde la parte delantera. Estábamos en la habitación solos mi pareja y yo, a oscuras, y él me iba leyendo un libro (con un ebook, que tiene luz propia, por si os habéis planteado que cómo me podía leer un libro a oscuras) mientras yo caminaba por la habitación y me sentaba en la pelota cada vez que el dolor se intensificaba, y me agarraba a él mientras rebotaba hasta que después de más o menos un minuto se detenía, y vuelta a empezar al minuto siguiente. Conseguí acordarme mucho de lo que me habían enseñado en las clases de preparación al parto y sobretodo de lo que me enseñó la fisioterapeuta de suelo pélvico: respirar, respirar, estar tranquila, respirar… Así que aguanté bastante estoicamente hasta más o menos las 5,30, hora a la que la matrona aún no había regresado porque estaba atendiendo un parto y la llamamos, porque yo ya tenía contracciones muy dolorosas y frecuentes (casi no podía descansar entre una y otra) y pensé que sería buen momento para que me pusieran la epidural. Cuando la matrona llegó me dijo que ya estaba dilatada casi de 5 centímetros y me llevaron al paritorio para la anestesia.

Pelota de pilates

Pelota de pilates para las contracciones

¿Y la epidural qué?

Creo que fue el momento más duro del parto, cuando me llevaron al paritorio para ponerme la epidural. ¿Que por qué? Pues porque no es lo mismo pasar las contracciones de pie, con libertad de movimiento, o rebotando en una pelota, que tumbada en una camilla sin recursos de ningún tipo para soportar el dolor. Además estás sola, tu pareja se queda en la habitación, de modo que no tienes ya su apoyo para aguantar con más fuerza. El anestesista tardó un rato en llegar, aunque no puedo saber cuánto, y mientras llegaba yo me retorcía de dolor sin saber cómo ponerme; yo imagino que en ese lapso de tiempo debí dilatar algún centímetro más, porque las contracciones eran bastante fuertes y vinieron muchas. Al final el anestesista llegó y me la pudieron poner sin problemas, aunque es bastante complicado y da bastante miedo que te vayan a pinchar en la columna vertebral cuando tú ya tienes contracciones cada minuto y con muy poco descanso. Es inevitable pensar: “¿Qué pasa si me viene una contracción mientras me está pinchando y me muevo?”. Pero por suerte no ocurrió, y a las 7 de la mañana me devolvían a la habitación, al fin, con un dolor muy leve y atenuado pero todavía con sensibilidad en las piernas (creo que la dosis que me pusieron fue muy razonable).

Epidural

Anestesia epidural. Fuente: Flickr, Steven Depolo.

La fase final: el expulsivo

Una vez en la habitación, monitorizando al bebé con las correas y con la epidural puesta, solo quedaba esperar a que la dilatación llegara a 10 centímetros, lo cual ocurrió a eso de las 8:30. La verdad es que nosotros estábamos un poco alucinados, porque nos parecía que todo estaba yendo sorprendentemente rápido para ser primeriza. Habíamos esperado un proceso de dilatación de esos eternos, de 20 horas, y resulta que allí estábamos, a unas 7 horas de haber roto aguas en casa (sin haber dilatado nada por entonces) y a punto de ir para el paritorio a dar a luz a nuestra hija. Todo transcurría de un modo tan fluido y natural que me sentía como en una nube… Llegó la matrona a la habitación y con toda la tranquilidad del mundo me dijo: “Vamos a hacer una prueba, empuja”. Y yo lo hice ahí mismo, en la cama de la habitación, mientras mi pareja observaba el asunto, y ya vio la cabecita del bebé sin siquiera estar en paritorio. Fue muy emocionante… “¡Está ahí! ¡Le he visto la cabeza!”, decía el papi. “Pues hala, ya podemos bajar”, y allá que nos llevaron por indicación de la matrona. Mi bebé, que se había pasado todo el embarazo clavado en mis costillas, había bajado a la velocidad de la luz cuando llegó el momento de bajar, siguiendo la llamada de la naturaleza para el encajamiento.

Y una vez en el paritorio todo fue suave y relajado. La ginecóloga no había llegado aún, así que me parece a mí que me mantuvieron un poco en espera porque yo ya estaba sintiendo necesidad de empujar. Lo cierto es que no tardó demasiado y pronto estuvimos en el proceso, que tardó poco, quizá 15 minutos como mucho, diría yo. No me bastó con los pujos en espiración, tuve que dar un poco más de caña con los pujos en apnea, pero fue bien. Me dijeron que esa semana habían tenido muchos partos y que muchas mamás habían empujado gritando, así que yo me animé a probar también y a gritar un par de veces, y fue divertido :D La epidural no había sido incapacitante de modo que yo seguía sintiendo bastante bien las contracciones, solo que no dolían mucho, nada más apretaban, y no fue complicado combinar la contracción con mi pujo. El caso es que primero salió una cabecita (¡qué presión tan intensa en la cadera, parece que te desencajas!) y el resto del cuerpo vino solo. Y cuando nos quisimos dar cuenta, a las 9:21 de la mañana, ya teníamos a nuestra hija en brazos y su papá y yo nos mirábamos el uno al otro como si no nos lo pudiéramos creer. Más que un momento de felicidad (que la hubo, claro) fue un momento de estupefacción y de alivio por saber que todo había salido estupendamente y que la niña estaba bien.

Un nuevo papá conociendo a su bebé. Fuente: Flickr, Mikel Seijas Alonso. Nota: estos no son mi pareja y mi hija.

La pusieron sobre mí, piel con piel, y de pronto mi vida había mejorado para siempre.

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